deseo (del latín desiderium, deseo de lo bueno que falta)
El deseo es expresión de la esencia del hombre a cuyo conocimiento llega el psicoanálisis por la observación de la conducta de los hombres cuando éstos tienen suficiente poder o creen tenerlo (p. ej: en la masa) o cuando la rabia contenida rebalsa los diques que la controlan.
Normalmente el deseo espera la aprobación del Super-yo para buscar su satisfacción.
I).- Heredamos de la filogenia un eterno conflicto: el deseo de usar al otro, convertido en objeto significativo, cómo, cuándo y dónde se nos antoja; y la necesidad de convivir con él (que desea lo mismo). Como vano intento de solución surgieron las normas culturales donde la prohibición del incesto y del homicidio puso las bases de una legislación que incluye en su motivación altos ideales utópicos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Lo que llevó a Joaquín Bartrina a señalar:
Si libres logramos ser, sólo será para escoger la clase de esclavitud.
Ven, oh libre humanidad, que vives sólo entre penas,
y al son de tus cadenas aclama a tu libertad.
El deseo consiste en recibir el reconocimiento incondicional de un otro significativo. Que ese otro sea un esclavo y feliz de serlo. Con tal fin podemos seducirlo, conquistarlo, dominarlo o someterlo. La frustración de ese deseo lo convierte en deseo de matar; de aniquilar al atrevido que se niega a satisfacer tal capricho.
II).- Deseo y deber
El deseo y el deber surgen de la necesidad, y son motores de nuestra conducta.
El aparato psíquico humano, escindido, tiene la función de administrar las necesidades del cuerpo, y divide estas necesidades entre las que considera deseos y las que considera deberes.
Desea, por un lado, un reconocimiento positivo incondicional, que le permita despreciar las pretensiones narcisistas del otro, del que no puede prescindir. Los caprichos del momento dan forma al deseo. Mientras la inteligencia humana elabora las racionalizaciones que justifican el derecho al abuso y al sometimiento del otro, el desprecio descalifica el derecho del otro.
El deber insiste en respetar el narcisismo del otro. Esto implica compartir, colaborar, ser solidario. La inteligencia humana elabora ideales utópicos que intentan sostener e imponer esto, mientras reprimen el deseo y lo categorizan de perverso.
El deber dictamina cumplir normas de convivencia dentro del grupo y entre grupos, en la familia y en la comunidad. Aunque nadie deja de aprender, durante su proceso de socialización, que en determinadas circunstancias o ante determinadas personas es posible dejar de lado algunos controles sociales.
Dentro del narcisismo, la satisfacción del deber cumplido es la recompensa placentera que compite con el placer de darse el gusto al satisfacer cualquier capricho perverso.
La exposición y defensa de los ideales en el discurso es un elegante recurso para esconder rasgos perversos de la conducta cotidiana. Conocemos la desmentida: negar los rasgos perversos, autoconvencidos de ser inocentes, y elaboramos complejas racionalizaciones para justificarlos, ocultarlos y proyectarlos en otro.
Cuando surge el deseo de conquistar al otro, se impone el deber de gratificar su narcisismo. Son los escasos momentos en los que el deseo coincide con el deber. En esta etapa, el otro ha logrado concentrar en sí todas las expectativas narcisistas. La autoestima depende exclusivamente de su respuesta. Como lógica consecuencia, con el paso del tiempo, la realidad impone el fracaso de esta nueva versión de ilusiones imposibles.
La crisis que continúa a esta fase pone a prueba la capacidad de sostener y mantener un vínculo tan difícil como conveniente.
El quiebre de la ilusión del paraíso perdido da lugar a una cotidianeidad que desafía constantemente al ser humano, oponiendo conflictivamente al deseo con el deber. La fantasía sugiere renovar otra ilusión de lo imposible: “soy maravilloso, tengo derecho, por mi origen divino”. La experiencia, en cambio, pretende imponer la tolerancia, la sublimación y el respeto mutuo.
La hostilidad surgida de la frustración se concentra peligrosamente esperando cualquier excusa para actuar. La lucha por el poder comienza a invadir el terreno del vínculo. Se lucha por un poder que implica derechos pero que excluye el deber. El que pierde tendrá el deber de someterse a los caprichos del vencedor.
Es imposible eliminar la lucha por el poder, como es imposible suprimir totalmente la frustración, el miedo y la desconfianza. El miedo a la soledad fortalece la dependencia social y establece un conflicto dialéctico con el deseo de aniquilar al otro, que surge en los momentos álgidos de los combates de titanes que suelen fascinar a sus víctimas, sin que éstas puedan reconocerlo.
III).- La Conducta humana es una transacción dialéctica entre el Deseo y el Deber.
Nuestra conducta, al no poder prescindir de los otros, es una transacción dialéctica del conflicto entre el Deseo,regido por el principio de placer (someter y usar a los otros, despreciándolos) y el Deber surgido del principio de realidad (ser solidario, compartir, colaborar y respetar a los otros)
Estamos en el pantanoso terreno de la ética (sistematización del bien y del mal, de lo justo y lo injusto)
Nacemos con una ética primordial donde está bien y es justo que todo y todos estén a disposición de His Majesty the Baby, para fortalecer su deseo de vivir. Después habrá que socializar, controlar y limitar al deseo de esa criatura, la cual, para ser aceptada por la comunidad deberá internalizar y someterse a las normas de convivencia que rigen en la cultura de su entorno, lo que el consenso entiende por lo que está bien y es justo, y deberá reprimir lo que está mal e injusto; así elabora el complejo de Edipo cuyo heredero, el Superyo vigila que la ley contenida en elIdeal del Yo sea respetada, que el sujeto se “porte bien” (sublimando) y los deseos prohibidos (perversos) se repriman. De ahí en más, habrá deseos permitidos, modulados por el deber y otros prohibidos, transgresores de la ley.
Stefan Zweig describe el aparato psíquico como un iceberg donde la masa sumergida ilustra al Inconsciente y la parte visible (de tamaño significativamente menor) la conciencia. Como en el iceberg, es la masa sumergida (el Inconsciente) la que marca el rumbo.
En el Inconsciente rige el principio de placer (intolerancia a la frustración) mientras la conciencia intenta someterlo al principio de realidad, cuyo lugarteniente es fundamentalmente la tolerancia a la frustración que impone el respeto al otro necesitado. De modo que en el Inconsciente el Deseo es la pretensión de un reconocimiento incondicional de los objetos significativos: Deseo de poder ilimitado, para usar y abusar de los otros, según el antojo del sujeto.
El deber impone la sublimación para poder tener; respeta al otro.
El deseo descontrolado es poder poseer todo lo que se le antoje de cualquier modo, despreciando a los otros. Busca el poder para abusar y usar a los otros.
Durante la socialización la cultura introduce “licencias” éticas que permiten despreciar a algunos mientras se respeta a otros. Lo que es parte de la lucha de clases: una competencia narcisista en la que los que ganan adquieren derechos y los que pierden obtienen deberes. En toda sociedad hay ricos y poderosos y pobres menesterosos. Los que están “arriba” despreciando a los de abajo intentan evitar que los de abajo, suban.
IV).- En otras palabras: Nuestra conducta es el resultado transaccional del conflicto entre dos aspectos del narcisismo.
-Un Narcisismo perverso, intolerante a la frustración; arrogante, prepotente, que desprecia las necesidades narcisistas del otro. El Deseo es someter al objeto significativo para satisfacer la necesidad del sujeto. Normalmente, reprimido en el Inconsciente.
-Un Narcisismo sublimado, socialmente adaptado; dispuesto a tolerar la frustración. Dispuesto a compartir, a colaborar, a ser solidario. A ‘dar’ para recibir. Sometido al Deber de respetar al otro significativo para satisfacer la necesidad.
Edipo concretó el deseo incestuoso de la criatura humana y eliminó al molesto rival. El azar decide si un varón tiende a emular a Edipo o a identificarse con Hamlet, que venga al padre, asesinado por la madre en complicidad con su amante, tío de aquél y hermano de la víctima. Historias que ilustran un dato universalmente conocido: que esa institución imprescindible que constituye el crisol familiar, no carece de riesgos. Quizás también esté la posibilidad de soñar en algún momento con el poder de Narciso, el que fascina con su sola presencia a sus objetos significativos.
V).- Como se puede respetar a algunos mientras se desprecia a otros, somos miembros de diversos grupos de pertenencia, en los cuales suele predominar el respeto entre sus miembros (si no profundizamos demasiado). Freud observa:
“…al hombre no le resulta fácil renunciar a la satisfacción de estas tendencias agresivas suyas; no se siente nada a gusto sin esa satisfacción. Por otra parte, un núcleo cultural más restringido ofrece la muy apreciable ventaja de permitir la satisfacción de este instinto mediante la hostilidad frente a los seres que han quedado excluidos de aquél. Siempre se podrá vincular amorosamente entre sí a mayor número de hombres, con la condición de que sobren otros en quienes descargar los golpes…Denominé a este fenómeno narcisismo de las pequeñas diferencias, aunque tal término escasamente contribuye a explicarlo” (El malestar en la cultura)
El narcisismo individual se puede disolver en el grupo de pertenencia. Entonces ya no seré yo lo más maravilloso del Universo sino mi grupo (familiar, religioso, nacional, profesional, deportivo, racial, político, clase social, etc, etc, etc) y entonces Nosotros, los Señores, tendremos el derecho divino al reconocimiento incondicional de los otros.
Intentando superar el narcisismo individual, se pretende recuperar desmedidos privilegios para el grupo de pertenencia. Así se producen distintos grupos de poder que someten, roban o aniquilan a otros grupos.
En la guerra podemos ver emotivas muestras de solidaridad en las trincheras de un lado, mientras se procura aniquilar a los del otro lado. Al soldado no sólo se le permite sino que está obligado a matar, lógicamente, enemigos. Y parece que en todas las guerras, en sus primeros días, hay más voluntarios que desertores.
De ser ésta la condición humana, pretender una justicia social para la especie, eliminar la guerra, el terrorismo, los genocidios o la lucha de clases, es una ingenua utopía.
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