1914. La presentación del Narcisismo.
Según Jones, Freud completó el primer borrador de la “Introducción del Narcisismo” durante unas vacaciones en Roma en la tercera semana de septiembre de 1913 y el artículo quedó terminado en marzo de 1914.
En 1914 las tensiones internacionales habían alcanzado un grado tal de intensidad que desembocó en lo que hoy conocemos como Primera Guerra Mundial. Austria era aliada de la política alemana y Alemania se había convertido en la potencia imperial que estaba a la cabeza de la cultura occidental. Admirada, temida y envidiada por el resto de las potencias, el imperialismo alemán, integrante paradigmático del moderno imperialismo, se convirtió en un nacionalismo megalómano al que la prosperidad había hecho agresivo[1]. Era bastante lógico que esta peligrosa megalomanía de la clase dirigente arrastre a la población, como lo han señalado siglos de historia de una asombrosa especie humana, cuya cultura oculta pero alberga, una morbosa inclinación al catastrófico deporte de la guerra. El 28 de Julio Austria declara la guerra a Servia. El 1º de agosto Alemania declara la guerra a Rusia. El 4 de agosto Alemania invade Bélgica. Esa noche Inglaterra declara la guerra a Alemania.
Quizás sea difícil de recordar, por el genocidio de los judíos en época del nazismo, que en la época del Imperio, tanto en Alemania como en Austria y a pesar que el antisemitismo nunca dejaba de estar presente, los judíos eran, por lo menos oficialmente, ampliamente tolerados. Iban en camino a la total asimilación. En cambio, era la Rusia de los Zares la única nación europea que en esa época tenía una legislación discriminatoria contra los judíos. Por lo que no es de extrañar la simpatía y admiración que Freud sentía entonces por Alemania y su inclinación por las Potencias Centrales (Alemania y Austria-Hungría) en el momento que éstas iban a conquistar el mundo.
En el movimiento psicoanalítico, la ruptura con Jung, concretada en octubre de 1913, había sido un golpe duro para Freud, mientras la renuncia de Adler era en cierto sentido un alivio. Y es posible que Freud se sintiese culpable frente a Abraham por haber defendido a Jung cuando aquél le recriminaba los favores que dispensaba a la escuela de Zurich. Freud consideraba especialmente a Jung por su condición de no judío.
A diferencia del dogma, la ciencia demanda el cuestionamiento constante de las síntesis halladas para continuar la espiral dialéctica que la aprehensión de la realidad plantea a la inteligencia humana. La teoría psicoanalítica ya de por sí no puede dejar de plantear serios obstáculos epistemológicos y epistemofílicos por tomar la conducta humana como objeto de estudio lo que involucra al narcisismo del investigador. Mal se pretende defenderla si se convierte la obra de Freud en sagradas escrituras donde cualquier cuestionamiento es un sacrilegio cuya ofensa merece el rótulo de maldad o locura.
En dicho artículo, Freud escribe:
“Un motivo acuciante para considerar la imagen de un narcisismo primario y normal surgió a raíz del intento de incluir bajo la premisa de la líbido el cuadro de la dementia praecox (Kraepelin) o esquizofrenia (Bleuler). Los enfermos que he propuesto designar “parafrénicos” muestran dos rasgos fundamentales de carácter: el delirio de grandeza y el extrañamiento de su interés respecto del mundo exterior (personas y cosas). Esta última alteración los hace inmunes al psicoanálisis, los vuelve incurables para nuestros empeños. Ahora bien, el extrañamiento del parafrénico respecto del mundo exterior reclama una caracterización más precisa. También el histérico y el neurótico obsesivo han resignado (hasta donde los afecta su enfermedad) el vínculo con la realidad. Pero el análisis muestra que en modo alguno han cancelado el vínculo erótico con personas y cosas. Aún lo conservan en la fantasía; vale decir: han sustituído los objetos reales por objetos imaginarios de su recuerdo o los han mezclado con estos, por un lado; y por el otro, han renunciado a emprender las acciones motrices que les permitirían conseguir sus fines en esos objetos. A este lado de la líbido debería aplicarse con exclusividad la expresión que Jung usa indiscriminadamente: introversión de la libido. Otro es el caso de los parafrénicos. Parecen haber retirado realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior pero sin sustituirlas por otras en su fantasía. Y cuando esto ocurre, parece ser algo secundario y corresponder a un intento de curación que quiere reconducir la libido al objeto. Surge esta pregunta: ¿Cuál es el destino de la libido sustraída de los objetos en la esquizofrenia? El delirio de grandeza propio de estos estados nos indica aquí el camino. Sin duda, nació a expensas de la libido de objeto. La libido sustraída del mundo exterior fue conducida al Yo y así surgió una conducta que podemos llamar narcisismo. Ahora bien, el delirio de grandeza no es por su parte una creación nueva,(*) sino, como sabemos, la amplificación y el despliegue de un estado que ya antes había existido. Así, nos vemos llevados a concebir el narcisismo que nace por replegamiento de las investiduras de objeto como un narcisismo secundario que se edifica sobre la base de otro, primario, oscurecido por múltiples influencias.”
Singular planteo. O nos hallamos ante la megalomanía o ante el extrañamiento del mundo exterior (personas y cosas).
Delirio de grandeza significa que alguien se considera mas grande que otro, al que considera más chico. Ese sujeto (“alguien”) que se considera mas grande, conserva en su fantasía a todos los otros que considera más chicos. Si no los conservase en su fantasía ¿cómo podría considerarse más grande?
El delirio de grandeza, (*), que Freud atribuye también al narcisismo primario, no podría sostenerse en un recién nacido si no fuese alimentado y fortalecido por un ambiente real compuesto general y principalmente por los padres, dispuestos a gratificar casi incondicionalmente a “his majesty the Baby”. El hospitalismo lo confirma.
Una Teoría vincular del narcisismo plantea una lectura distinta del Narcisismo, según la cual la megalomanía satisface en forma delirante la necesidad que impone la Pulsión Narcisista: la necesidad de ser reconocido importante, valioso, por un objeto significativo (no, por cualquiera). En el delirio de grandeza un sujeto se siente (o espera ser) tan reconocido por la comunidad (convertida en objeto significativo) como lo es el personaje en que, mágicamente, se convierte: Dios, Jesús, Súperman, Perón, Al Capone, Juana de Arco, etc, etc. Satisface mágicamente el deseo (de ser importante) que cualquier sujeto normal tiene. E intenta imponer esa identidad alucinada, a todos los otros.
En esta lectura el narcisismo sería una pulsión (no, una etapa del desarrollo) que acompaña toda la vida del sujeto. Como “el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación, de la que justificadamente se atribuye una dosis a todo ser vivo.”
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