Posteado por: Manfredo Teicher | 7 noviembre 2010

Desastres culturales


Tras millones de años, la vida se desarrolló de tal modo que produjo en la cumbre de su evolución al animal humano dotado de una inteligencia y de una habilidad que le permitió desarrollar una asombrosa tecnología cuyo avance es incontenible, para bien y para mal.
Nosotros, los humanos, disponemos de un medio de comunicación exclusivo y contamos con brillantes ideales junto a instituciones sociales como las religiones y las nacionalidades, con las que mantenemos relaciones tan singulares que culminan en sacrificios humanos como la guerra y los genocidios.
Nos encontramos al comienzo del siglo XXI con la posibilidad de la autodestrucción de la especie, con un desastre ecológico cuya solución parece tan ilusoria como en su momento lo fue el socialismo y con un peligroso desarrollo de la ingeniería genética que es, a la vez, un magnífico ejemplo del potencial creador que la naturaleza nos ha otorgado.

La tecnología y la globalización, que es uno de sus productos, profundiza dramáticamente la brecha que siempre existió entre los ricos y poderosos por un lado y los pobres y desamparados, por el otro.
Los robots de las fábricas automáticas reemplazan sin nostalgia a los antiguos esclavos pero aumentan el problema de la desocupación, que la globalización impone por doquier. Mientras la religión y los nacionalismos demuestran su vigencia, crece la desconfianza frente a la democracia, simple fachada de una realidad bien distinta a su significado teórico: ninguno de los supuestos gobiernos democráticos puede dejar de defender los intereses de la minoría que representa, a expensas de la mayoría.
La prevención en salud mental debería iniciarse en el campo de la política pero en vista de lo que ésta realiza en la práctica concreta, no es de extrañar que la angustia, la frustración y la violencia sean el producto de las fervientes promesas de un mañana tan hermoso como imposible.

El martes 11 de septiembre de 2001 dos aviones se estrellan contra las torres gemelas del World Trade Center. Las orgullosas TT mortalmente heridas, se hacen añicos. Se calcula que unas 50.000 personas trabajaban en las torres. La cifra oficial de desaparecidos era de 6.333. El horror invade al mundo. El orgullo del imperio americano ha sido burlado. La astucia dio un mortal golpe a la fuerza de la tecnología.
¿Vietnam fue un antecedente? ¿O lo fue David y Goliat? ¿Es la desesperación del Tercer Mundo? ¿Es esto una ilustración de la lucha de clases? ¿Es una ilustración de la condición humana?
Los que intervinieron en esta catástrofe “cultural” son seres humanos. Igual que los nazis, como los que liquidaron a los indios o los que esclavizaron al África negra. Como lo son Freud, Lacan, Mozart y Picasso. Como los que declaman hermosos discursos de solidaridad y de justicia social mientras intentan someter a otros en una lucha por el poder, nunca suficiente.

Argumentos: Es difícil entender a los que se ofrecen como voluntarios para inmolarse en nombre de un ideal nacional. Es fácil entender a los que luego se ofrecen de voluntarios para una guerra que pueda vengar a los muertos de ayer.
¿Fácil? Muchos encuentran totalmente justificado el deseo de venganza de unos. Y tildan de perversos, locos, criminales incitadores, a los otros. Ambos bandos se sienten víctimas ampliamente justificadas. La inteligencia humana fabrica los argumentos adecuados. Entonces ¿ambos tienen razón? Usted, ¿a quién apoya? ¿A Boca o a River?

Del suicidio a la inmolación: 1.- La naturaleza humana enfrenta un eterno conflicto heredado de la filogenia: el deseo de usar al otro, convertido en objeto significativo, cómo, cuándo y dónde se le antoja al sujeto; y la necesidad de convivir con él (que desea lo mismo). Como transacción dialéctica surgieron las normas culturales donde la prohibición del incesto y del homicidio pusieron las bases de una legislación que incluye en su motivación altos ideales utópicos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. La historia de la humanidad obliga a pensar que estos ideales pretenden modificar una naturaleza que insiste en oponerse a que la utopía se concrete.
2.- Una criatura al nacer, pretende que el mundo esté a su disposición incondicionalmente. No tolera la frustración. Luego habrá que educarlo para que pueda vivir en sociedad donde tendrá que conformarse con “portarse bien” para ser aceptado en los distintos grupos de pertenencia que la cultura de su entorno pone a su disposición. Para su salud mental deberá poder integrarse en algunos de ellos.

3.- Y un curioso mecanismo psicológico grupal pone un dramático acento en la convivencia social: Debo “portarme bien” para ser aceptado y para que el grupo pueda sobrevivir. Bien. Pero, como mal menor, vamos a recuperar el poder y los derechos para el grupo de pertenencia. Y el beneficio secundario es el poder grupal que intimida mas que el sujeto aislado. Entonces, habrá solidaridad entre nosotros (los Señores) y ellos, los otros, los desgraciados de turno serán los que no merezcan la menor consideración. Los argumentos que la inteligencia humana se enorgullece en producir, serán los justificativos para que la violencia descargada contra ellos sea absolutamente racional y, por lo tanto, justificada. Este es el fenómeno social que Freud llamó “el narcisismo de las diferencias”.
La ilusión satisface lo fundamental del narcisismo humano: Nosotros somos los Señores, los que tenemos Derecho. La violencia descargada por nosotros, es ampliamente justificada. Selecto grupo de pertenencia y justificada descarga de violencia destructiva, sin culpa, sin remordimientos.

El placer de la descarga violenta, prometida y justificada por el líder, excita y aturde. Consensuada por la masa, reclama perentoriamente su acción específica.
En esas condiciones, la razón es un instrumento muy débil para pensar en el después y el reclamo de una ética solidaria con el semejante se fortalece (y se limita) dentro del grupo de pertenencia.
¿Es necesario más demostraciones que las caprichosas fronteras nacionales o las eternas religiones con firmes raíces en la magia?
El líder, tanto Bin Laden, Saddam Hussein como Bush, no hacen más que interpretar esos deseos narcisistas maníacos, de poder. Para eso la masa de seguidores les da los atributos del poder, que ellos (los fanáticos) obtendrán en el más allá. Así se forjan los terroristas suicidas y los voluntarios para cualquier guerra.

Si a las dificultades de la vida se agrega la ilusión de una vida eterna y feliz en un paraíso, la fantasía de alcanzarlo justifica la elección. Aún sumamos el magnífico reconocimiento que reciben los que se inmolan por su grupo, lo que los futuros candidatos no dejan de admirar. Un placer agregado será llevarse consigo a unos cuantos de esos enemigos. Compensando con creces de este modo la envidia que uno puede haber sentido hacia ellos. Convencidos de que tales individuos (los otros) recibirán en la otra vida, el infierno que se merecen.
Entonces la elección entre una vida difícil en este mundo y la dicha eterna del otro lado, produce una encrucijada inquietante.


Respuestas

  1. Comentario:
    No entiendo nada de lo que dice. No se entiende, todo esto al no tener argumentos, es pura charlatanería. Si al menos diera algún argumento demostrable, con ese uno, bastaría.

    Emma
    Te ruego me aclares qué es lo que no se entiende.
    ¿Has leído los otros artículos del blog?
    No tengo inconveniente en contestarte todas las preguntas que se te ocurran.

    Entrá en – http://www.manfredoteicher.com.ar – y me vas a conocer más.
    Me gustaría tener más datos tuyos.

    Un cordial saludo
    Manfredo Teicher


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